Estoy bien, están bien.
Pero, ¿Qué mamá no siente agobio durante las vacaciones de verano? Los niños en casa, las madres trabajando como de costumbre, y la inquietud de mantenerlos entretenidos. ¿Cuál es el propósito? ¿Fomentar su desarrollo integral o simplemente evitar que “molesten” demasiado? Y aquí surge la pregunta: ¿Por qué me siento abrumada? ¿Será que experimento culpa por sentir incomodidad cuando los niños pasan más tiempo en casa?
En estas circunstancias, nos enfrentamos a una presión considerable: social, cultural, familiar y personal, para ser consideradas "buenas mamás". A menudo escuchamos a mujeres cercanas expresar que se sienten como "malas madres" o que simplemente "no están a la altura".
El concepto de "SER BUENA MAMÁ" esconde un ideal de perfección, un estándar inalcanzable. Ya sea que nos dediquemos plenamente al trabajo o nos quedemos en casa, siempre parece que estamos dejando algo por hacer. La dualidad entre ser la mujer independiente y empoderada que provee para sus hijos, y la madre que se queda en casa y que dedica tiempo de calidad (junto con la gran demanda que ello trae) nos lleva a una constante sensación de insuficiencia.
La búsqueda constante de la perfección se extiende por todas las esferas de la vida: desde la elección entre la lactancia materna y la fórmula en la alimentación infantil, la tolerancia 0 frente a las pantallas, la selección apropiada de juguetes, hasta la planificación meticulosa del horario de sueño en sintonía con el comportamiento de los niños. Sumado a esto, la aspiración a una crianza respetuosa y consciente, que en ocasiones parece castigar cualquier atisbo de descontrol materno. Las expectativas son aparentemente infinitas, y es agotador intentar cumplirlas todas, ubicándonos en un eslabón de la cadena de la "mamá matea", esa figura idealizada e iluminada. La sociedad nos impone un estándar inalcanzable, una presión que debemos desafiar y cuestionar constantemente.
La realidad es que FRACASAR y equivocarse son partes INHERENTES de la maternidad. No hay más opciones. Nos encontramos en una constante ambivalencia entre amar como a nadie más a nuestros hijos y sentirnos que no damos más con ellos. ¡Nos encontramos exhaustas!
La presión externa puede ser intensa, abrumadora y desorganizadora, si nos enfocamos en ella nos angustiamos y mareamos, sin embargo, se desvanece cuando nos detenemos y nos centramos en nuestras necesidades y luego en las de nuestros hijos. Es como la máscara de oxígeno en un avión: debemos cuidarnos primero para cuidar mejor de ellos.
Perseguir la perfección nos lleva a la frustración, el agotamiento y rabia que empaña el lente con el cual miramos nuestra realidad y nos aleja del disfrute y gozo con nuestros hijos.
Aceptar nuestras fallas nos libera de un ciclo vicioso y nos permite disfrutar verdaderamente de la experiencia de ser madres. Nuestros hijos no necesitan madres perfectas; eso no existe y, además, no es saludable para ellos. Como decía Donald Winnicott, la relación madre-hijo no necesita ser perfecta, solo "lo suficientemente buena". Reduzcamos la exigencia y abracemos nuestra capacidad de ser madres sensibles a las necesidades de nuestros hijos.
¿Me pregunto cuan suficientemente buena eres contigo este verano?
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